Del exilio del paraíso surge la nostalgia y la búsqueda, la intención de regreso, que atraviesa toda la historia del hombre y se concreta, en una proyección de nuestro anhelo más íntimo, o bien hacia el pasado, hacia el origen, a esa Edad de Oro (otra expresión del mito que puede encontrarse en culturas tan alejadas en el espacio y en el tiempo como la griega o la hindú) o hacia el futuro: la utopía que tantos cambios sociales ha producido en el mundo a partir del siglo XIX.

Para las distintas religiones el Paraíso es, simbólicamente, el primer centro espiritual, primordial y primigenio, morada de inmortalidad y origen de toda tradición, lugar donde comienza la historia del hombre. Este encuentro creador se produce en la línea del eje o árbol cósmico, punto de comunicación entre el Cielo y la Tierra.

Nuestra historia es la historia de la búsqueda de ese paraíso perdido

Ya dije en mi anterior artículo que me perdí buscando el paraíso original perdido. Buscando dónde pudo estar situado estudié como si fueran mapas aquello que nos han trasmitido las culturas antiguas: sus mitos y leyendas, la orientación geográfica y astronómica de sus ciudades y templos, el rastro de sus caminos, sus diagramas de conocimiento y sabiduría, sus cosmovisiones, sus rituales, sus juegos.

Ahora bien, al interpretar mitos y leyendas, diagramas, orientaciones arqueoastronómicas o disposiciones arquitectónicas me perdí en los datos, viéndome en la necesidad de imaginar e inventar aquello que estos no me proporcionaban. Lo suelen hacer todos los especialistas: algunos con más mesura que otros, que desprovistos del sistema de contención de la imaginación que proporcionan las teorías bien construidas, desbarran proponiendo hipótesis basadas en preferencias ideológicas o suposiciones sin ningún fundamento. Hay muchos ejemplos de esto último en la Red. Continuamente se publican artículos y libros en lo que puede verse como el exceso de información, sin un profundo conocimiento del alma humana, produce monstruos, que algunos llaman misterios, enigmas.

Comprendí que los datos que me proporcionaba la investigación empírica no debían ser, no eran susceptibles de interpretación. En ellos estaba todo lo que es y no eran sino lo que parecían ser: reflejo de un estado primordial, arquetípico, común, ya que se repiten bajo diversas formas una y otra vez en todo lugar y tiempo, en todas las culturas, ya que se encuentran tanto fuera como dentro nuestro. Quizá porque responden a las direcciones psíquicas básicas de orientación y posicionamiento frente al mundo, quizá porque son la estructura profunda, subyacente de ese mismo mundo.

Uno no puede comprender completamente algo que no vive. Se trata, ya saben, de la cuestión ampliamente debatida sobre la implicación del antropólogo en su objeto de estudio. Para mí resulta evidente que si un hombre es objeto de estudio para otro hombre este último está estudiándose a sí mismo. Volveremos sobre ello más adelante.

¿Era pues necesario vivir-pensar como aquellos que inventaron el mito del paraíso?

Pero ¿cómo vivir algo que ocurrió hace tanto tiempo? La respuesta es simple y directa: el pasado está dentro de nosotros o, mejor dicho, nosotros somos ese pasado. Por tanto, había que mirar en el interior de uno mismo. Y complementar ese trabajo, que podríamos llamar arqueopsíquico, con los datos empíricos.

Las distintas teorías sobre nuestros orígenes coinciden, tanto las ortodoxas como las heterodoxas, en considerar, aunque no siempre de manera explícita, al ser humano, como algo distinto y separado de su entorno. Pero, espero mostrarlo en estos artículos, el hombre no es diferente de su entorno. Ni nosotros ahora, aunque así lo creamos, ni mucho menos el hombre prehistórico, semejante en esto al indígena y, en cierta medida, al hombre de las culturas antiguas. Lo cual, aunque parezca una mera suposición, está implícito en el concepto mismo, en la definición de la palabra “prehistórico”, es decir “antes de la historia”, es decir, antes de la división en partes separadas, antes de la fragmentación, de la convención, de la interpretación de los hechos en el tiempo. Me refiero, por supuesto, al tiempo subjetivo, psicológico, no al tiempo físico.

El hombre prehistórico es un hombre ahistórico, es decir, el hombre antes de la expulsión del Paraíso por haber probado la fruta del árbol de conocimiento. Ya veremos qué significa exactamente esto. Su pensamiento es holístico y participativo (en oposición al nuestro, literal, según David Bohm), su visión del mundo es primaria (Julio Caro Baroja), en contacto y sin contradicción con el inconsciente colectivo (Carl Jung), antes de la brecha o fisura que establece la civilización (Salvador Pániker).

Si queremos entender nuestros orígenes tenemos que mirar dentro de nosotros mismos, sin contradecir los datos exteriores

Si extraemos de los datos empíricos lo esencial, los elementos comunes, su estructura subyacente, empezamos a comprender que la memoria colectiva conserva la descripción de una matriz común en su arte, juegos, mitos y leyendas… que podría ser la descripción arquetípica de ese espacio central sagrado, origen del conocimiento. Esta matriz se refiere a un espacio que está tanto dentro como fuera, tanto en el pasado como en el presente y se proyecta continuamente en nuestras expectativas de vida, en el futuro. La clave se encuentra en que es creada en el origen y el origen está continuamente presente. El origen no es el pasado.

Esta matriz arquetípica se expresa por medio de los números y sus proporciones, por figuras geométricas en los diagramas, mandalas y laberintos, esta matriz se encuentra en los símbolos y mitos primordiales, en la iconografía de todas las culturas, en los tableros de sus juegos de mesa, en las figuras de la artesanía popular, cerámica, bordado textil…, en los blasones y alegorías, etc.

Antes de pasar a la descripción de esa matriz veamos cuales son los elementos comunes de las descripciones que se hacen del Paraíso:

En lo mítico-geográfico: identificación con un espacio lejano, más allá del mundo conocido: apariencia de jardín con sus cuatro ríos que parten de una misma fuente central, sus dos árboles y un tesoro oculto en las manzanas del conocimiento y de la inmortalidad, guardadas por la serpiente o dragón de los orígenes… Lugar de la fisura primordial en el eje norte-sur que une la Estrella Polar (fuente, centro) con el límite o periferia, la circunferencia que describe el sol en el cielo y su imagen terrestre en un espacio sagrado: lugar de observación – observatorio astronómico o templo.

En lo psico-somático: identificación con un tiempo lejano, un lugar de placer, deleite primigenio, una edad de oro donde no hay división interna ni conflicto, lo que se manifiesta como unidad andrógina primordial, como unión de mente/cielo y cuerpo/tierra o no-dualidad, como unión de contrarios: emanación-creación, percepción-acción, observador-observado.

Se trata de un tiempo/paisaje idealizado, simbólico, pero que quizá haga referencia a un paisaje y a un tiempo reales, en el origen.

Todos estos elementos simbólicos se hallan en el paisaje de Andalucía Oriental, las actuales provincias de Jaén, Granada y Almería, y coinciden con un momento de su prehistoria como veremos en los siguientes artículos.

Ex Occidente lux

No seré el primero en afirmar que el centro civilizador estuvo en el occidente mediterráneo antes de que soplaran ráfagas contrarias. Entre otros lo han afirmado Ortega y Gasset en su Teoría de Andalucía, Paredes Grosso en El Jardín de las Hespérides y más, recientemente, Romero Esteo en Tartessos y Europa o Vázquez Hoys en Las golondrinas de Tartessos. Puede verse también la página de esta autora.

Nuestra tesis de que el paraíso original pudo estar situado en Andalucía no se contradice con el Génesis ni con otras tradiciones medio orientales que lo sitúan en oriente.

La idea de que el Paraíso se encuentra en oriente se fraguó en la Edad Media. Una sociedad expansionista como la medieval-renacentista tenía por fuerza que situarlo fuera de sus límites. Primero en oriente, luego, en América.

En la Biblia, en contra de lo que suele suponerse, no hay una clara mención a que el paraíso terrenal se halle en oriente. Lo que dice el Génesis, literalmente según la traducción directa de las lenguas originales de Eloíno Nácar Fuster y Alberto Colunga para Ed. Biblioteca de autores cristianos, 1968, es:

“Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente” (Génesis, 2, 8 )

Por lo que el jardín o paraíso parece encontrarse al oriente del Edén y no el Edén mismo. El Paraíso sería un lugar específico (un huerto o jardín situado en la parte oriental de dicha región).

Habría que considerar que

el jardín del Edén bien pudiera ser una adopción semita del mito del Jardín de las Hespérides, situado al Occidente y donde un dragón de cien cabezas llamado Ladón (de evidente homofonía con Edén), actúa de guardián del árbol de la inmortalidad, el robo de cuyos frutos también es considerado sacrilegio por Hera.

http://es.wikipedia.org/wiki/Ed%C3%A9n

© 2009 Luis Lucena Canales

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