En mi intento de devolver al mito y al pensamiento antiguo su verdadera significación busqué en la epistemología actual, en la filosofía de la ciencia, y encontré a Paul K. Feyerabend, que en su libro Diálogo sobre el método nos habla de ese tipo de

hipótesis que, a pesar de pertenecer a una tradición mítica y de estar en conflicto con la ciencia, resultan correctas cuando se las traduce al lenguaje científico. Se descubrieron recientemente hipótesis de este tipo, cuando la acupuntura se reveló como un método terapéutico eficaz para tratar indisposiciones que la medicina occidental no sabía ni siquiera diagnosticar. Esto condujo a ulteriores investigaciones y al descubrimiento de una gran variedad de “escuelas” médicas en las que circulaban nociones inaccesibles a la ciencia. Puede que se trate conocimientos solamente prácticos, pero pudiera ocurrir también que no carezcan de un importante componente teórico. Estas teorías son interesantísimas, demuestran que la ciencia no es la única vía para adquirir conocimientos, que hay alternativas y que las alternativas pueden tener éxito allí donde la ciencia ha fallado. Luego, tenemos todo el campo de los fenómenos parapsicológicos, que, en lo que concierne a esta discusión, es interesante por dos motivos. Por un lado, muchos fenómenos descritos o supuestos por los mitos son de naturaleza parapsicológica. El estudio de la parapsicología, por tanto, nos proporciona el material para una realista (esto es, no ficticia) interpretación de los mitos, leyendas, fábulas y relatos semejantes. Además, los fenómenos parecen mucho más impresionantes en los mitos que en nuestros laboratorios, lo que nos advierte sobre las condiciones en las que es lícito esperar vigorosos efectos parapsicológicos. Algunos mitos incluyen también explicaciones de una cierta importancia. Según el mito hopi de la creación, la creciente abstracción del pensamiento humano y el creciente interés del hombre por sí mismo provocó un alejamiento de éste respecto de la naturaleza y, en consecuencia, los viejos ritos, que se basaban en la armonía, dejaron de funcionar. No debemos extrañarnos en absoluto de que nuestros antepasados estuviesen en condiciones de descubrir ideas y procedimientos que son potentes rivales de nuestras teorías científicas más avanzadas. ¿Por qué tuvieron que ser menos inteligentes que nosotros? El hombre de la edad de piedra era ya un homo sapiens plenamente desarrollado, tenía ante sí problemas tremendos y los resolvió con gran ingenio. A la ciencia se la estima por sus conquistas, así que no olvidemos que los inventores de los mitos descubrieron el fuego y los medios para conservarlo. Domesticaron a los animales, crearon nuevas clases de plantas e identificaron las especies mejor de lo que lo pudiera hacer la actual agricultura científica. Inventaron la rotación de los cultivos y desarrollaron un arte que puede competir con las mejores creaciones del hombre occidental. Libres del yugo de la especialización, eran conscientes de la gran cantidad de relaciones entre los hombres y entres éstos y la naturaleza, y se servían de ellas para hacer progresar la ciencia y la sociedad: la mejor filosofía ecológica se encuentra en la edad de piedra. Si se aprecia la ciencia por sus resultados, se deberían apreciar los mitos cien veces más, y con mayor entusiasmo, ya que sus conquistas fueron incomparablemente mayores: los inventores de los mitos han dado inicio a la cultura, mientras que los científicos sólo la han modificado, y no siempre para mejor. Ya he mencionado un ejemplo: el mito, la tragedia y la vieja épica trataban, de forma simultánea, de emociones y estructuras reales y ejercieron un profundo y benéfico influjo sobre las sociedades que los crearon. El nacimiento del racionalismo occidental destruyó esta unidad y la reemplazó por un concepto más abstracto del conocimiento, más aislado y más restringido. Se separaron el pensamiento y la emoción, incluso el pensamiento y la naturaleza, y se mantuvieron alejados por decreto (“elaboremos la astronomía sin tener en cuenta los cielos”, dice Platón). En consecuencia, como puede ver cualquiera que sepa leer, se empobrece el lenguaje con que se expresa el conocimiento, se vuelve árido e informal. Otra consecuencia es el actual alejamiento del hombre con respecto de la naturaleza. Evidentemente, al final, después de muchos errores, el hombre vuelve a la naturaleza, pero vuelve como su conquistador y enemigo, no como su criatura. Considera un ejemplo más concreto. La Teogonía de Hesíodo supone una cosmología muy compleja y “moderna”: el mundo, incluidas las leyes que gobiernan sus principales mecanismos, es el resultado de una evolución, las leyes mismas no son ni eternas ni generales, sino que se derivan de un equilibrio dinámico entre fuerzas opuestas, de manera que siempre existe el peligro de que se produzca un cambio perturbador (los gigantes pueden romper sus cadenas, derribar a Zeus e implantar sus leyes); los entes implicados tienen un doble aspecto: por un lado, son materia inerte, pero pueden comportarse también como cosas vivas. Jenófanes y Parménides tacharon estas ideas de irracionales. Las interpretaciones evolucionistas fueron reemplazadas por explicaciones basadas en leyes eternas -¿y esta concepción permaneció en auge hasta el siglo XIX! Sólo ahora hemos vuelto a las teorías evolucionistas, que se ocupan no sólo de fenómenos circunscritos al interior del Universo, sino del Universo en su conjunto, y sólo ahora hemos comprendido el carácter dinámico de todo aparato estructural. En este caso, el mito se adelantó claramente a muchas teorías críticas, muy complejas y, sobre todo, “racionales”. Pero hay más. La arqueología y, en especial, la nueva disciplina de la astroarqueología, combinando sus propios hallazgos con un enfoque nuevo y más realista de los mitos, ha puesto de manifiesto la magnitud y complejidad del pensamiento de la edad de piedra. Existía una astronomía a nivel internacional, que se utilizaba y estudiaba en los observatorios, se enseñaba en las escuelas, desde Europa hasta el Pacífico sur, se aplicaba en los viajes internacionales y se encontraba codificada en un animado lenguaje técnico. Los términos técnicos de esta astronomía eran términos sociales, no geométricos, de suerte que la ciencia, además de adecuarse a los hechos, resultaba satisfactoria desde el punto de vista de las emociones; resolvía tanto problemas físicos como sociales; proporcionaba una guía del cielo y también aquella armonía entre el cielo y la tierra, la materia y la vida, el hombre y la naturaleza, que era muy concreta, pero que el materialismo científico hoy en día imperante pasa por alto o incluso niega; era, de forma simultánea, ciencia, religión, filosofía social y poesía. Considerando en su conjunto todas estas cosas, uno se da cuenta de que la ciencia no tiene la exclusiva del conocimiento. La ciencia no es más que un “depósito” de conocimientos, pero lo mismo se puede decir de los mitos, fábulas, tragedias, relatos épicos y muchas otras creaciones de las tradiciones no científicas.

De aquí la importancia de la reconstrucción de aquella cosmovisión primigenia emprendida por nuestra investigación y otras similares.